jueves, 21 de abril de 2011

El Bosque continúa

Este comentarista no ha estado a la altura de Bosque de Palabras del Bosque por no haber mantenido el Diario a diario. No importa. Los textos siguen colgándose de los árboles. Por ejemplo, el martes 5 de abril, por la tarde, estuvimos con los del Curso de Acceso a Ciclos de Grado Superior. Primero echamos un vistazo al bosque y después, en la Biblioteca, contribuimos. La elección la hicimos pronto y no nos apeteció escribir. La mayoría pintamos (por cierto, alguno y algunas muy bien), dibujamos, recortamos, pero pocos escribimos algo. "Es que ¿sabes qué pasa? Es como mucha presión, ¿no? Así, con estas palabras..." Luego hablamos poco mientras ilustramos. Al final, fuimos en grupo a pegar cada uno lo suyo en el bosque. "Ahí, arriba del todo". "Podíamos hacernos una foto, ¿no tenéis un móvil?". Costó agruparse, pero Vanessa aseguraba que sí que salíamos. Lo veremos.  Otros grupos, a lo largo de estos días, se han llevado los textos a clase y los han leído en voz alta para que los ilustradores recibieran sugerencias. Después, a pegarlos.
Y así ha ido creciendo poco a poco. Parece que hemos acertado con la idea. Es tan sencilla que  ha llegado con claridad a la gente. Se trata de añadir algo a un texto de autor, como si nos hubieran abierto el libro en el pasillo y pudiéramos hacerle una anotación al margen. Es lo que ahora se llama "lincar" para añadir un comentario. En el cartón amarillo lo hemos explicado. Allí hemos añadido las palabras de la nueva académica Soledad Puértolas sobre el alcance y el valor de la literatura: "una hermosa frase, un pasaje de una novela, un verso: allí está, de pronto, la verdad. Y todo el sinsentido y todo el desorden se convierten, repentinamente, en belleza". ¡Toma ya, autoayuda! Y lo demás son cuentos.
El miércoles 6, nos acompañaron en el pasillo seis preciosos carteles murales de Ecologistas en Acción, traídos por Mila (Milicua), que aportaron más sentido a nuestras hojas. Estaba tan contenta ella con la contribución hasta que un imbécil (que no merece otro nombre) se dedicó a pintarrajear varias imágenes de ellos vaya usted a saber con qué intención (ni interesa). Estas son las cosas que machacan, que alguien deje su porquería sobre lo que se hace sin pedir nada a cambio, como si no fuera posible la generosidad sin más. Triste, triste que el descerebrado no pueda imaginarse su tamaño.
El jueves 7 apareció Antonio (López López) con los de inglés de 2º B y amplió el Bosque con un mural de expresiones inglesas traducidas por ellos y un hermoso árbol dibujado por Constantin (Pituscan), un alumno del grupo B, de 2º de la ESO . Más bosque, más textos, más palabras, más sentido y en otro idioma. Espléndido. 
Y la vida en el pasillo sigue. Emilio (González Cosgaya) va haciendo fotos de cómo crece.
Frente a nosotros, y al lado de los murales de los ecologistas, ha aparecido una vitrina de Biodiversidad Poética con poemas relativos al tema y, un poco más allá, otro cartel del Bosque de los Libros del Bosque sobre uno de los pupitres-vitrina de la Biblioteca lleno de libros en exposición.
El martes 12 de abril se reunieron en la Biblioteca los cuatro miembros del Jurado del Concurso de Relatos "Día del Libro", que este año fueron Mª Ángeles Ascariz López, de la Asociación de Madres y Padres (AMPA),  Eva María Paneque Rodríguez, del Departamento de Francés,  César Subero Lozano , del Departamento de Informática,  y Francisco Javier Moral Arévalo, del Departamento de Cultura Clásica. En esta ocasión los relatos tenían que incluir literalmente y sin orden fijo las siguientes expresiones: "caían uno tras otro" y "todo era bosque y yedra". Habíamos decidido estas palabras por los regímenes políticos de los países del norte de África, que en Febrero habían comenzado a caer uno tras otro, arrollados por sus habitantes en la marcha hacia la libertad y, como era además el Año internacional de los bosques... Los alumnos, en clase de Lengua, tenían que construir una historia de tema libre, pero en la que incluyeran ambas frases. Como todos los años, los profesores del Departamento se encargaron después de hacer una selección previa de los más interesantes y el Jurado valoró los relatos finalistas. Los primeros premios fueron otorgados a los siguientes alumnos: Eva Dolores Prieto Cruz, de 2º de la ESO, grupo A; Sara Samperio Blázquez, de 3º de la ESO, grupo C, y Alejandro Muñoz Lenz, de 2º de Bachillerato de Humanas. Sus relatos puedes consultarlos a continuación en este diario.
            Y el bosque siguió creciendo. En el de inglés aparecieron más fragmentos bilingües. Se conoce que Concha (Fernández Renedo, la biliotecaria) es quien lo está avivando.

Viernes 15 de abril
Hoy hemos decidido utlizar el Bosque de Palabras del Bosque como telón de fondo para hacer la entrega de premios del XII Concurso de Relatos "Día del Libro" al Segundo Ciclo de la E.S.O. Allí hemos estado en el recreo, como podéis comprobar en las fotos. La verdad es que esperábamos haber tenido más público vitoreando a los compañeros finalistas, pero no fue así. Se conoce que el sentimiento de grupo no es propio de estos tiempos.
Otros años lo hacíamos coincidir con el día del libro (23 de abril), pero como cae en vacaciones, hemos preferido adelantarlo y celebrarlo en este Bosque, donde más de cien autores con más de doscientos fragmentos nos abren sus libros para que les anotemos lo que queramos al margen. Son una pequeña muestra del valor de la literatura, en la que podemos encontrar las mejores explicaciones para la vida.
Además de María Ángeles Ascariz, tesorera de la AMPA, estuvo con nosotros María Soledad Blázquez, su presidenta, que tambièn participó en la entrega del premio en metálico (30 euros), que otorga la Asociación a  los ganadores.
Entre los alumnos que pasaron a la fase final, relacionamos a continuación los que obtuvieron algún punto en la votación del jurado: Javier Miguens Santos (3º B, 1 punto), Noelia Gutiérrez Artano (3º B, 1 punto), Jorge de Pablo Ruiz (4º B, 5 puntos), Yaiza Enales Lanz (3º Diversificación, 5 puntos), Aylén Antillana Soria (4º A, 7 puntos), Miguel Villegas Solar (4º B, 8 puntos) y Sara Samperio Blázquez (3º C, 9 puntos). Muchas gracias a ellos y a sus compañeros por su participación. Al final de la entrega de premios, la ganadora también ilustró el bosque con la lectura de un fragmento de su relato.

Martes 19 de abril
Hoy hemos convocado al Primer Ciclo de la ESO y a 2º de Bachillerato de Humanas para la entrega de premios en el recreo. Ha acudido más público (por lo tanto, más ruido, pero más animación a cambio), aunque los de Bachillerato brillaran por su ausencia. Ellos se lo pierden.
Los relatos que obtuvieron alguna puntuación fueron los siguientes. En el nivel de Primer Ciclo de la ESO: Marina González (1º A, 2 puntos), Daniel Hernández Cantero (2º A, 3 puntos), Gabriela Berrón García (1º B, 6 puntos) Constantin Pituscan (2º B, 12 puntos) y Eva Dolores Prieto Cruz (2º A, 13 puntos y Primer Premio). En el nivel de Bachillerato y Ciclos, Alejandro Muñoz Lenz, de 2º del BH, obtuvo el Primer Premio con 15 puntos. Ya sabéis, podéis leer sus relatos en este diario.
Al final, los ganadores también llenaron el bosque con sus palabras. Del mismo modo que en la entrega del jueves, la profesora de francés Eva (Paneque) les daba paso con unos fragmentos de sus textos preparados previamente. Se les ve en las fotografías que publicamos. También podéis comprobar cómo fueron a emboscarse a última hora algunas alumnas con tocado a lo "indio", que decían estar resolviendo una Prueba de Francés con Eva. Este bosque se va animando. Dicen que a la vuelta de Semana Santa quedará invadido por otro más grande que promete muchas novedades. Quedamos a la expectativa.
Miguel Martínez Renobales

miércoles, 20 de abril de 2011

"Ladrona de almas", de Alejandro Muñoz Lenz, de 2º Bachillerato Humanas

Sombra etérea incorpórea con forma de mujer y sólo dos perlas como ojos más azules que el mar, que el cielo, compuestos por colores del mismo Paraíso, azul oscuro y suave a la vez, como el hielo, con una mirada que me atrapaba y que calaba hasta mi alma congelándola, pero una congelación que no me hacía sentir frío, sino calor, hirviendo toda la sangre de mi cuerpo, haciéndome sentir vivo, despejando mi respiración y mis pensamientos, haciéndome sentir más ligero y estremeciendo todo mi ser.
            Pero ¡ay de mí cuando descubrí que aquello no era un sueño! Era algo más, era real. Era humana. Se movía. Estaba delante de mí, observándome y hechizándome con su dulce mirada. Oh aquella dulce mirada. Inocente y culpable al mismo tiempo, feroz y serena, bondadosa y malvada, perversa y honesta. Tantos adjetivos, tantas contraposiciones, la hacían perfecta. Un ángel del Cielo en la Tierra. Lo tenía todo en aquella mirada; no podía ser una humana, ¡no podía serlo! Había de ser algo más, no podía ser mortal. Tenía que traspasar aquellos límites, su mirada así lo dictaba. ¡Su hechizo, su embrujo!
            Mi tranquilidad se vio interrumpida cuando alcé mi mirada para  verla, pero aquello no fue lo que me trastornó. Lo que de verdad me ató a las cadenas del amor y la pasión fue que su mirada se posara en la mía y la mantuviera. Que me sonriera, por ligera e insignificante que fuese su sonrisa. Que vertiera algo de luz en la oscuridad que albergaba mi alma en aquellos momentos. Eso fue para mí aquel ser, un ser lleno de luz y esperanza para un hombre marchito decadente.
            Semidiosa, o diosa, musa de poetas y pintores, diva de artistas, anhelo de hombres que su reino dieran por estar con ella. Y allí estaba, mirándome.
            Me arrastró por completo y a mi alma envenenó.
            "Emponzóñala, corrómpela, púdrela. Haz que quede maltrecha. Juega con ella, elévala, húndela, muévela, agítala, estremécela, destrúyela" mi mente pensó.
            Mi alma mía es y de Dios, a quien decepcionaba en aquellos momentos por amar a alguien más que a Él, pero entonces ella me la arrebató y se la quedó. Sus ojos me la robaron, sus ojos fueron los culpables.
            "Devuélvemela, no me atormentes más, ámame y hazme feliz. ¿A dónde vas? ¿Por qué no te quedas? ¿Por qué me despojas de algo sagrado?"
            Se marchó. Salió por una puerta y antes de cerrarla me dirigió otra mirada. Aquella mirada me dijo: Sin alma no tienes vida.
            Así fue. Mi mente trastornó, mi corazón bombardeó sangre más rápido, mi cuerpo tembló, mis ojos lloraron, mi boca balbuceó unas palabras coherentes en mente, muertas al ser pronunciadas.
            Seguí a aquel espejismo. Tenía razón, sin alma no era nada. Salí tras su búsqueda pero había desaparecido. Busqué confundiéndola con las demás mortales, cometiendo así una herejía, pues ella era una diosa. Me detuve en miradas juzgantes de un pobre desquiciado. Ninguna era la de aquella mujer. Pero entonces, al fondo de toda la muchedumbre la descubrí a ella.
            Me miró de nuevo y me sonrió. De su mirada salió una flecha atravesándome por completo y postrándome de rodillas. Aquella mirada era flecha más mortal que cualquiera que Cupido pudiese tener en su carcaj.
            De mi boca brotó sangre, y se hizo un silencio en aquel panorama. La gente había desaparecido. El silencio penetraba en la mente y sonaba más fuerte que sonido alguno. Me levanté tiritando y anduve lentamente hacia ella. Ella tenía mi alma, sin alma no tenía vida.
            Aquel largo pasillo que nos separaba se convirtió en un abismo. Las baldosas que formaban el suelo fueron despedazadas y destruidas. Pero aquella atracción imposible de evitar me hizo volar en el vacío, un vacío de dudas e incertidumbres. No necesitaba mover las piernas para andar. No necesitaba esforzarme para lograrlo. Un impulso lo hacía por mí. Ya no sólo de mi boca brotaba sangre, lo hacía desde todo mi cuerpo. En mi interior todo era bosque y yedra de sentimientos confusos y mezclados atormentándome y devastándome. Me consumí, me apagué, me desvanecí.
            Mis pensamientos caían uno tras otro conforme recorría aquel abismo. Mi mente sólo vio el ahora. Todo lo que era, todo lo que fui, todo lo que iba a ser, nada importaba. Lo único que importaba era aquel momento. Llegué ante ella, y con las palabras muriendo en mi boca incansablemente pude finalmente conseguir que sobreviviesen.
            - ¿Me devuelves mi alma...?
            Aquel ser sonrió, me agarró en sus suaves y dulces brazos y me besó con sus labios apasionados y húmedos. Del pobre cadáver andante que se podía mantener a duras penas ante aquella diosa llegué a ser un ángel, un ser alado, irradiando luz, encendiendo mi corazón, reviviendo mi mente, impulsando la sangre, curando viejas heridas. Vislumbré el Paraíso, comprendí toda la creación. Supe a dónde vamos al morir, supe qué es el infinito, experimenté nuevas emociones, vislumbré nuevos colores. Lo supe todo, pero a la vez supe nada. Todo en un instante tuvo significado. Su respuesta es Amor.
            ¿Para qué necesitaba entenderlo todo, si ya lo tenía en mí como un sentimiento?
Se apartó delicadamente y me dedicó una última sonrisa. Mi alma había vuelto a mí, pero eso supuso que aquel ángel se desvaneciera delante de mí.
            - No te vayas, quédate un poco más. - le supliqué, mas no obtuve respuesta. Caí por el vacío y lo comprendí todo.
            Aquello, finalmente, era un sueño. Un sueño tan nítido y real como la vida misma que me nubló la conciencia y la razón de ser. Si me hubiera dado cuenta, si me hubiese percatado de ello al principio, me habría ahorrado mucho sufrimiento.
            Mi cuerpo se levantó de aquel instrumento cómodo y  propiciador para crear mundos nuevos y se dirigió a la ventana. Me asomé por ella y vi una luz del alba cubriendo aquella parte del mundo con una luz dorada. De mis ojos se deslizó una lágrima y se estampó contra el suelo. ¿Dónde estaba mi alma en aquellos momentos? Estaba viajando por alguna parte del mundo, del real, olvidando a su dueño y buscando un atisbo de sus propios anhelos, seguramente deseándose anclar de nuevo en el vacío sin fondo del amor.

"Manchados de sangre inocente", de Sara Samperio Blázquez, de 3º C

            Corro entre los arboles tratando de dejar atrás a mis perseguidores. Mi ropa se enreda con las ramas de los arbustos y, al quedarme grande, me hace tropezar continuamente, reduciendo mi velocidad. No puedo apartar de mi cabeza la imagen del cuerpo sin vida, arrastrado por aquel hombre. “Mamá…” El nombre se me escapa sin querer y evito llorar. De repente piso el bajo del pantalón y caigo al suelo, boca abajo. La tierra golpea mis huesos con su frialdad y el barro devora mi rostro. Pero mis lágrimas, ávidas, se encargan de limpiarlo. Me quedo quieto, sin moverme. Sin fuerzas para seguir adelante. Las voces se acercan y oigo pisadas cerca de mí. Noto un dolor desgarrador en la cabeza cuando un hombre me levanta del suelo, cogido por el pelo. Empiezo a revolverme y a gritar de dolor, pero él hace caso omiso a mis suplicas. Empieza a caminar, arrastrándome tras él, llevándome de vuelta a la peor de mis pesadillas.
* * *
            Han pasado tres días desde que me trajeron de vuelta, después de mi intento de huida. No recuerdo qué pasó cuando llegué, pero supongo que recibí un castigo. O así lo insinúan los cortes, moratones y magulladuras de mi cuerpo. Creo que me desmayé mientras aquel monstruoso hombre me traía de vuelta. En cuanto soy capaz de moverme con cierta agilidad, finjo que voy a trabajar y me acerco al lugar de la valla por la que me escapé. Han sellado el agujero que hice y han reforzado la seguridad en el exterior. Desde fuera de la valla un hombre me observa, con una fría sonrisa torcida en su cara. Al reconocerlo, el miedo y la angustia se apoderan de mí. No puedo evitarlo. Caigo de rodillas y vomito lo poco que había comido. El hombre que me arrastró de vuelta aquí, el hombre que cargaba con el cuerpo sin vida de mi madre, me sigue mirando. Tiemblo frente a él, de rodillas en el suelo. Él suelta una carcajada y se marcha. Me siento en una piedra, esperando recuperar mis fuerzas. Mientras, miro al exterior. Hay un riachuelo y más allá una tierra devastada. Supongo que antes de la llegada de estos hombres, todo era bosque y yedra. Me levanto y me voy a trabajar.
* * *
            Los demás niños están muy contentos. Nos van a llevar a un lugar mejor donde podremos jugar todo el día; donde no tendremos que trabajar. Mientras todos caminan escoltados por los hombres armados hacia nuestro nuevo “hogar”, intento quedarme atrás, pues no me creo ni una palabra de lo que nos han dicho. Pero otra vez el mismo hombre me impide separarme del grupo.
            Todos los demás corren y juegan, ríen y saltan, felices como hacía tiempo que no lo estaban, ajenos a mi preocupación. Sus ojos brillan de emoción y sus sucios rostros se giran hacia todos los lados, llamándose unos a otros. No entiendo su felicidad. No después de lo que he visto, no después de lo que he vivido. Los hombres empiezan a gritar y a empujarnos, separándonos en grupos. La marcha se detiene mientras ellos nos ordenan movernos de un grupo a otro, hasta que quedan satisfechos con el resultado. Yo estoy en uno de los grupos del final, y observo todo con desconfianza. A cada grupo se le asigna un número y se les ordena a sus componentes que lo recuerden. Yo soy del 15. En estos momentos están llamando al 1, y se lo están llevando. Rápidamente los demás niños se apresuran a armar alboroto. Me quedo apartado de ellos mirando con recelo el camino por el que se acaban de ir. El tiempo pasa, y los grupos van desapareciendo unos tras otro. 5, 6, 7… Ahora va el 8. No sé porque, pero no puedo dejar de pensar en mi madre. En cómo se interpuso entre aquel hombre y yo, para impedir que me pegara. En cómo aquel hombre la tiró al suelo y la golpeó hasta la muerte ante mis ojos. Todavía siento su cuerpo en mis brazos, cómo se le escapaba la vida, su cálida sangre en mis manos. No puedo quedarme aquí. Me levanto y miro a mi alrededor, vigilando para que ninguno de los hombres me vea. En el momento adecuado me escabullo detrás de una caseta cercana. Empiezo a caminar sin rumbo, atento a cualquier señal que delate que me están siguiendo. No sé cuánto tiempo llevo caminando cuando oigo voces y me meto en una grieta de una caseta, a mi izquierda. En el momento en que he desaparecido en su oscuridad, aparecen los hombres armados, escoltando a un grupo de niños. Deben de ser el grupo 9, quizá el 10. Observo atentamente el lugar en el que están, una especie de llano, sin hierba. El suelo esta mojado, como si acabasen de regarlo. Hacen ponerse a los niños en fila, de espaldas a ellos de forma que cada hombre cubre a un niño o, como máximo, a dos. A la señal, todos los hombres levantan sus armas y antes de que pueda darme tiempo a pensar lo que va a suceder, disparan. Los cuerpos de los niños reciben el impacto y seguido, caen al suelo. Cierro los ojos para no verlo, pero la imagen sigue en mi cabeza. Sus cuerpos rojizos, que caían uno tras otro. Ahogo una exclamación, y rezo porque no me hayan oído. Pero al abrir los ojos una mano me arrastra fuera de la grieta, por el suelo limpio de cadáveres, teñido de tinta roja. Me tira al suelo y empieza a darme patadas y a insultarme. No deja de gritar: “¡Sucio judío!” Los oigo reírse, a él y a sus compañeros, con cada alarido que doy. Cuando cesa su ataque, quedo tendido en el suelo sin fuerzas para moverme. Antes de perder la consciencia, veo unas botas negras caminando hasta situarse a mi lado. Algo frio y metálico se apoya en mi sien. Oigo un fuerte ruido. Luego, solo hay oscuridad.

¿Quién soy yo?, de Eva Dolores Prieto (2º A)

            Ya entrada la tarde me preparé para salir. Mi víctima era joven, de la misma edad que yo, debía matarle, pero ¿era justo una vida por cinco millones? No lo sabía pero tenía que cumplir.
            Llevaba varios años matando gente, era extraño oír siempre lo mismo antes de apretar el gatillo:
            -Por favor no lo haga, tengo una familia que cuidar.
            Después de oír como suplica la gente, la veo muerta delante de mí.
            No tengo la vida normal de una chica de mi edad, pero es lo que debo hacer, no mato a gente inocente, o quizá sí, aunque prefiero no saberlo.
            Eran ya las cinco y media de un día de verano, salí de mi C4 negro al llegar a una zona apartada de la ciudad. Cuidadosamente me puse a inspeccionar el terreno, todo era bosque y yedra, y al fondo se veía una gran casa. Respiré hondo varias veces y me dirigí hacia allí. Era una casa que imponía a simple vista pero a la vez era acogedora, y no sé por qué me sentía segura en aquel sitio. Un joven estaba arreglando unas plantas, era hermoso, aunque no como esos cantantes de moda, y al andar emitía seguridad, ¿sería aquel el chico al que debía matar? Me acerqué decidida para hablar con él.
            -Disculpe -dije mirándole a la cara, tenía el pelo de un castaño claro y los ojos verde oliva-. Mi coche se ha averiado y mi móvil no tiene batería para llamar a alguien que me venga a buscar, ¿sería tan amable de prestarme su ayuda?
            El chico se quedó mirándome fijamente ¿Hablaría mi idioma?
            -Sí, claro ¿Dónde está su coche?-dijo con un acento tan extraño que no pude evitar una sonrisa. Empecé a andar y él me siguió, no sé por qué me sentía observada.
            Al llegar al coche abrí el capó y me puse a un lado para que el joven examinara el auto. Tragué saliva con fuerza:
            -No sé qué ha pasado. Venía por la carretera y de repente el coche se paró.
            -Pues, de momento, esto no parece estar mal. Dígame su nombre.
            -Es un Citroën C4.
            El chico rompió a reír
            -Me refiero a tu nombre-dijo entre carcajadas.
            -Mi nombre es Paulina.
            -¿Paulina?-asentí levemente con la cabeza- Ese nombre es francés ¿verdad? Se pronuncia Poline.
            Fruncí el ceño extrañada
            -Supongo, la verdad es que no sé de donde viene mi nombre. Creo que me lo pusieron por una tía mía.
            -¿Tus padres son franceses? Mi familia es francesa, o era francesa. Solo vive mi madre, los demás murieron en extrañas circunstancias.
            Ignoré la segunda parte, y contesté a la pregunta:
            -No lo sé, no les llegué a conocer. Murieron cuando tenía dos años.
            El ambiente se sumió en un silencio infernal. El chico se irguió y se dio rápidamente la vuelta.
            -Esto no parece tener ningún problema. ¿Me dejas las llaves?
            Se las di y él se metió en el coche y, de repente, arrancó.
            -Pues ya está-dijo el joven.
            -Muchas gracias-respondí.
            Al día siguiente, amanecí pensando en ir a terminar el trabajo. Debía matarle, cuanto antes mejor, así tendría contento al cliente. Este era un narcotraficante y el joven al que tenía que matar era uno de sus compinches, que le había traicionado. La historia no me la sabía muy bien, pero no me importaba.
            Llegué a la casa del bosque y la puerta estaba abierta, pero no se oía nada. Al entrar, un fuerte olor me lleno la nariz, lo que me impulso a tapármela. ¿Qué sería ese olor? Al entrar en la sala de estar, vi dos cadáveres en el suelo. Uno era el del joven y otro el de una señora mayor, al lado de ellos había una carta donde ponía mi nombre y decía así:
            "Querida Paulina, mi madre al verte el otro día te reconoció en seguida. Te parecerá extraño pero era tu primo y mi madre tu tía. Eras la hija del hermano de mi madre. Te preguntarás por qué mi madre no te cuidó cuando tus padres murieron en aquel accidente y la respuesta es la siguiente, te dábamos por muerta. Cuando supimos que venías a matarnos, preferimos huir, pero mi madre dijo que era mejor suicidarnos porque así al descubrir que éramos tu familia ya nos habrías matado y preferimos ahorrarte el mal trago. Quédate la casa, es tuya, nosotros ya no la necesitamos".
            Las lágrimas me empezaron a brotar de los ojos y la angustia me comenzó a consumir.
            Ya era invierno cuando decidí ir a vivir a la casa del bosque. Al entrar en ella me volví a sentir segura de nuevo, como cuando era pequeña y estaba en los brazos de mi padre. Me asomé a la ventana, y vi como los copos de nieve caían uno tras otro. Iba a ser un invierno duro pero estaría a buen recaudo.

lunes, 4 de abril de 2011

Diario del Bosque de Palabras del Bosque

Jueves 31 de marzo
Hoy ha comenzado la instalación del "Bosque de palabras del bosque" en el IES Augusto González de Linares, de Santander. A las 9'10 de la mañana Noemí (Lago) iniciaba la impresión de los ciento cincuenta textos y Miguel Ángel (Magaz) y Mikel (Martínez Renobales) comenzamos a colocar los primeros siete metros de papel continuo en la pared del pasillo. Salvador (Lozano) se incorpora a continuación y nos ayuda durante esa hora. Aprendemos la técnica de uso de la cinta adhesiva de doble cara, toca el timbre y los primeros pasillistas hacen sus comentarios. Hay que ver todo lo que sugieren para que hagas "mejor" las cosas. Salvador y Miguel Ángel tienen que incorporarse a clase. Noemí ya tiene todos los textos en papel. La lío para que los guillotine en Edificación y Obra Civil, donde la espera Alberto (Riva) para ayudarla. Llega Concha (Fernández Renedo) y entre los dos tomamos las primeras decisiones sobre el decorado. Cortamos, pegamos, negociamos el aprovechamiento del papel, el efecto, etc. A pesar de sus dolores de espalda, nos ayuda Montse (Casado) que nos ve trajinar desde Conserjería. Mila (Milicua) se ofrece a echar una mano, cuando acabe de atender a una madre. Noemí viene con todos los textos listos. La ha ayudado Andrés (Díaz Delgado). Llega el recreo. Aparecen más pasillistas, pero solo al principio  ("esto te quedaría mejor...", "por qué no...") y al final ("si lo hubieras colocado antes...", "¿Y por dónde sale Caperucita...?"). Siguiente clase. Nos satisface el efecto bosque que hemos conseguido en el rincón. Emilio (González Cosgaya), el Jefe de Estudios, trae una cámara y hace las primeras fotografías.. Manuel (Saro) se sonríe al ver cómo está quedando. No sugiere nada "pertinente", sabe lo que supone el trajín. Ya nos queda menos a Concha y a mí. Montse va y viene. Aparece Julián (Saiz Cotera), el Director,  "¿y esto va a quedar...?", "ojo no despintéis...", "podíamos traer a un autor...". Se van incorporando otros compañeros, hay más ratos para el comentario, "¿y esto, cómo se te ha ocurrido...?". Primeras ideas sobre los textos, "¡Hummm,..!, ¡qué texto...! No está bien traducido, A ver si encuentro yo...". A Pedro (Arroyo) le cae la tarea de imprimir los rótulos. Se va volando a hacerlos. A Arantza (Iturrioz) le extraña que no hayan llegado sus jaikus al correo. Un alumno que pasaba ayuda a cargar el rollo de papel continuo (unas dos o quince toneladas) en el carro de lectura. Quedo con Silvia (Fernández Cuevas) en que mañana viernes, a última hora, colocamos los primeros textos, con los de cuarto. Concha tiene que ir a clase. Vuelve Arantxa y asegura el envío. A las 13'30 terminamos, con rótulos y todo. Guardamos el cartel para mañana.

Viernes 1 de abril
Los alumnos de 4º B han colocado los primeros textos a la sexta hora, la de las 13’10. Han venido con Silvia y se han aplicado pronto a la tarea. Unos antes y otros después, han escogido el fragmento en poco tiempo y han sabido qué hacer con él. “¿De verdad puedo poner lo que quiera?”. “¿Qué es un epitafio?”. “¿Alguien sabe lo que es un mascarón?”. “Esto no lo entiendo”. “Pues coge otro”. “Es que me gusta”. “¿Se puede firmar con pseudónimo?”. En cinco minutos los hemos pegado todos, no sin haber quedado atascados varias veces con el maldito artilugio adhesivo. “¿A quién se le ocurre…? Trae la barra pegajosa”. Por la tarde han sido los del PCPI de Noemí. Parece que bien. Dicen que el lunes vuelven. Los que sí habrán vuelto serán los del Primer Ciclo que han ido de marcha a un bosque. Veremos. Por el momento, algunas hojas le van saliendo…

Lunes 4 de abril
Han vuelto los alumnos del Primer Ciclo y hemos comenzado con los de 2º B. Después de una detallada explicación..."¿qué hay que poner?, ¿qué hay que poner?". "Lo que te apeteeezcaa". "Pero no sé...". Es la enésima vez. Se repite y se repite. Eso de salirse del cauce ordinario en la escuela no reza con algunos. "¡Pues coge otro!" "¿Puedo?". "Pues claaarooooo". Más adelante vamos a pegarlo en el bosque. "¿Dónde lo quieres poner?". Y otra vez: "no sé, me da igual", "venga, elige tú misma", y una vez más "me da igual". Y más enésimas veces hasta la llegada del timbre. Luego vino el recreo, pero unos minutos antes, Alberto (Riva) nos proporcionó una preciosa mesita redonda verde con tres taburetes, que hemos colocado al lado del pupitre de los textos, con unas pinturas y una barra de pegamento para los que quieran acrecer el texto entre horas. Vamos a probar lo civilizados que somos y a ver lo que dura ese material. José Luis (Jimeno), el compañero del PCPI ha colaborado "estampillando" con mucho gusto tres textos. Ha pasado Manolo (Encabo), ha ilustrado la historia rumana con unos poemas en el mismo idioma que se los han transcrito por el móvil, ha recortado un buen puñado de textos en forma de hoja y, si le dejo, nos recorta el bosque entero. Hemos incorporado más textos: los haikus de Arantza y de Pedro, los fragmentos de la Biblia y del Corán de Concha (Lebaniegos), los versos en inglés de Silvia (Fernández Cuevas) y uno del compañero César (Subero), a ver qué sugiere. Y con las mismas, hasta la tarde.
El grupo de alumnos del Bachillerato Científico-Tecnológico Nocturno realizó su contribución, más plástica que literaria, y los del PCPI continuaron con Noemí, aportando en esta ocasión alguna que otra hoja.
MIguel Martínez Renobales

sábado, 19 de marzo de 2011

"SeBastián"


Abrimos una nueva sección para quienes quieran publicar narraciones, titulada "Relato con libro". El tema, por supuesto, es libre. Lo único que os pedimos es que lo que nos enviéis no sea muy extenso y tenga que ver de algún modo con algún libro o lectura. Como "nos hemos visto desbordados por el interés que ha suscitado este blog en otros institutos", ampliamos nuestro radio de acción y publicamos en primer lugar un relato de un profesor de otro IES: Carlos Rodríguez Mayo, de Geografía e Historia en el Instituto "Ría del Carmen", de Camargo


"SeBastián", de CARLOS RODRÍGUEZ MAYO
El primer capítulo de lo que voy a contar sucedió hace casi treinta años. Por entonces Michael Ende acababa de publicar en España su "Historia interminable" y la edición de Alfaguara ocupaba el escaparate de todas las librerías. Aquel día yo había entrado en "Sabes", un negocio entonces nuevo, muy pequeño, cuyo nombre, además de la segunda persona del singular del presente de indicativo del verbo saber, era la forma que el espejo reflejaba al ser nombrado entre los suyos Sebastián, su propietario. Él era ya un hombre maduro que fumaba en pipa como el señor Koreander y que hablaba sin parar de sus lecturas, de modo que no desperdició la ocasión de informarme de la cualidad metaliteraria de la novela de Ende y de la comunicación entre los diversos niveles de la narración: Una especie de juego de matrioskas, dijo, algo que se parecía a lo de aquel cuento de Borges en el que alguien era capaz de soñar la realidad. Tantas cosas me contó y tanto me valoró la obra que me sentí obligado a comprarla. Sin embargo, al ir a pagar con un billete verde de los de antes, le comenté con evidente ironía:
- Tenga usted mucho cuidado. Esta obra puede llegar a arruinarle.
-¿Por qué?- me preguntó, disponiendo una cándida sonrisa en su rostro de doctor.
- A ver, si la historia es tan buena como usted dice y es realmente interminable, ya no se venderán más libros, porque todos los lectores acabaremos atrapados en ella, sin saber cómo salir.
Sebastián, el librero, sonrió, me señaló en la tapa el nombre del autor y dijo:
- ¿El título? No se lo crea. El título es una metáfora... ¿Cómo se llama el autor?
- Michael Ende.
- ¿Y eso, en cristiano, qué es?
- Miguel... ¿Fin?
- Pues ahí está la salida. El nombre de Michael Ende es el final de la obra.
Recuerdo que leí la novela en dos ocasiones sucesivas y en contextos muy diferentes. La primera vez lo hice casi de un tirón, en la soledad de la tarde de unas vacaciones. La verdad es que me encantó. La segunda, cinco años más tarde, se alargó más de dos meses, sumando pequeños periodos de aproximadamente diez minutos y sentado al borde de la cama de mi hija. Ella, con nueve años, escuchaba fascinada hasta que apagaba la luz, mientras el pequeño Miguel resistía los embites del sueño, cubierto por una manta de lana, pero imponiendo cada noche su presencia en la fiesta de la lectura.
Entretanto tuve tiempo de visitar como cliente a Sebastián y de escuchar sus sabios consejos literarios. Él hablaba de los nombres, de los títulos o de los autores sin dejar que su vida se mezclase, y yo, tan consciente como él de la incorruptibilidad de su mundo y de la fragilidad de nuestra relación, actuaba en consecuencia. Me acomodaba al otro lado del mostrador y dejaba que sus palabras dibujasen los perfiles de los libros. Si para mí sus consejos eran faros, para él mi agradecimiento era maná en el desierto, una droga necesaria entre tanta incompresión.       
En 1995, justo el día en que murió Michael Ende, falleció también Sebastián. Fue algo totalmente inesperado. Recuerdo que fui al tanatorio y que no me atreví a acercarme a su mujer, pues para ella yo era un desconocido, así que preferí dejar este mensaje en el libro de pésames:
-”Él me abrió la puerta a muchas historias que ahora me resultan imprescindibles y por eso no puedo dejar de imaginarlo junto a ellas, en los márgenes de tantos libros y reinventando el mundo cada día. Lo siento, lo echaré mucho de menos”.
Desde entonces, para mi, la Historia Interminable es una asignatura pendiente. Lo tengo a la vista, sobre la estantería. Su lomo va perdiendo brillo, sus páginas se tornan amarillas, pero hay algo que me llama en su interior. Lo siento dentro del pecho.  Ayer caí en la cuenta de que Don Quijote murió sabiendo que Cervantes lo había escrito, e intuyendo que un futuro Pierre Menard intentaría reescribirlo de la mano de un tal Borges. Cada día me resulta más urgente averiguar si la salida de la Historia Interminable era el escueto apellido del autor o si el librero me engañó. Tal vez él obró a sabiendas de que yo quedaría atrapado en aquel extraño nivel de narración en el que habíamos coincidido, un nivel en el que nada impediría que escuchase sus atinados juicios, un nivel de letras doradas, preciso y estable en el papel, pero también infinito, multiforme y fecundo en la mente del lector, un nivel cerrado y oscuro, una cárcel o un refugio de los que ya nunca podremos escapar.
                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                        

miércoles, 9 de marzo de 2011

"Historia torcida de la literatura", de JAVIER TRAITÉ

Refrescante repaso de la literatura euroamericana (sobre todo de la novela), a cargo de un joven librero que ha leído mucho y dice estar harto de ese ambiente tan peñazo que suele rodear a la literatura. Desde el Gilgamesh hasta los últimos autores del siglo pasado ya fallecidos, va comentando muchos títulos de los denominados clásicos con toda la frescura y el desparpajo que un lector voraz de historias se puede permitir desde un conocimiento más que amplio del asunto. Se dirige principalmente a los desamparados de la lectura por culpa de los medios de comunicación, sus profesores, los santones de la crítica, etc. para que no se pierdan algo tan interesante como la literatura, de la que se reconoce un apasionado. Con un lenguaje ágil, iconoclasta y trufado de tacos, no tiene ningún empacho en reconocer que si no ha hablado de algunas obras canónicas, probablemente haya sido por aburrimiento, desconocimiento o porque le "ha venido en gana". Directamente. Pero no son caprichosos sus juicios. Tienen interés porque conoce bastante bien el público al que se dirige y desentraña con inteligencia las emociones (buenas o malas) que pueden provocar los títulos que ha elegido.
Miguel Martínez Renobales

miércoles, 9 de febrero de 2011

"Cielos de barro", de Dulce Chacón

Una historia tremenda que arranca un poco antes de la guerra civil y termina en nuestros días con un crimen brutal. Se sitúa la historia en un cortijo de la comunidad de Extremadura, Los Negrales, y transcurre durante la vida de tres generaciones de amos y de criados.
El cruel desenlace es la consecuencia de unos hechos que arrancan durante la guerra civil. Entonces, los criados y jornaleros del cortijo van al frente del sur como milicianos y el marqués, el amo, se salva por poco de ser quemado en la iglesia del pueblo. Después la situación se tornará al revés y el pueblo sufrirá las represalias de los ganadores.
La historia la cuenta un viejo alfarero analfabeto, Antonio, cuya mujer Nina fue criada en Los Negrales. Antonio cuenta los hechos reposadamente, con palabras concretas y exactas. El pesimismo, la fatalidad, la resignación y la dura vida en el pueblo dan forma a su relato. Los sucesos pasados y recientes que cuenta Antonio al comisario que investiga el crimen por el que ha detenido a su nieto, van descubriendo al lector una oscura y terrible historia de poder, ambición, ignorancia, miseria, venganza y soberbia.
A lo largo del relato de Antonio, que habla desde su punto de vista, sin conocer toda la verdad de lo ocurrido, se intercalan capítulos donde se narra la otra parte de la historia, los hechos que ocurren en el cortijo con amos y criados. Estos capítulos completan el relato al mostrar cómo la venganza y el resentimiento se extenderán en el tiempo hasta nuestros días.
El libro me ha gustado muchísimo, está muy bien escrito en un estilo de habla rural y concisa. La historia es sobrecogedora y dura, te engancha desde el primer momento.
Clara Cagigal Cobo. Departamento de Tecnología

viernes, 4 de febrero de 2011

“EL METODO CUÉ” de Javier Menéndez Llamazares.




A mi hijo mayor le encanta todo tipo de libros sobre la Segunda Guerra Mundial y alguna vez leo los que él me deja. Comentando este hecho con un compañero de departamento, me recomendó , por mi condición de leonés, que no dejara de leer “ El método Cué”. Le hice caso y no quedé defraudado.

Mi pueblo no está lejos del aeropuerto de la Virgen del Camino, y de pequeño veía pasar los Junkers que siguieron en uso unos cuantos años después de la Guerra Civil y de la Mundial. Floro, un primo de mi padre, trabajaba como carpintero para los talleres de la base. Cuando le preguntaba a mi padre para qué querían a los carpinteros en la construcción de aviones, me miraba sorprendido y me hablaba de la estructura de las alas, de las maderas especiales , del peso y de la resistencia, y de la labor muy especializada que su primo, que era un “manitas” y un perfeccionista, desarrollaba en la base. Muchos de los entornos en los que trascurre el libro me son conocidos y hasta las actuaciones y pensamientos de algunos personajes me son familiares. 

El libro se enmarca en la historia sobre los españoles de la División Azul que Franco envió para ayudar a Alemania contra los soviéticos. Hay acción, hay amor, hay héroes y hay denuncia. Está bien contado y la ficción se hace cercana y creible. Léelo, te gustará.
Miguel Ángel Magaz Marcos

jueves, 3 de febrero de 2011

"Riña de gatos. Madrid 1936", de Eduardo Mendoza

Ganador del premio planeta 2010
Empieza la historia con el viaje a España de un inglés, experto en pintura del barroco español, especialmente Velázquez. Viene en el tren desde Francia hasta Venta de Baños, donde cambiará de tren para ir a Madrid. El teniente coronel Gumersindo Marranón, le salvará de que le roben la maleta en la estación al confiado e inocente inglés, será el primero de varios encuentros con él durante su estancia en España.
En Madrid se entrevistará con el duque de la Igualada, un aristócrata que parece querer que su colección de arte sea tasada para venderla y sacar a su familia de España ante la inminencia de una guerra civil. Y esto es lo que parece, porque a lo largo de toda la novela, nuestro experto de arte creerá descubrir un cuadro desconocido de Velázquez, lo que excitará su ambición profesional y le hará correr las aventuras más desternillantes. Recuerdan algunas de las alocadas, divertidas y absurdas escenas al “Misterio de la cripta embrujada” o “El laberinto de la aceitunas”.
Pero esta vez, toda la novela se enmarca en una situación real, la guerra civil está a la vuelta de la esquina. Muchos de los personajes también son reales, Alcalá Zamora, Manuel Azaña, José Antonio Primo de Rivera, Franco, Queipo de Llano, Mola, son algunos de ellos. José Antonio y sus jóvenes falangistas se muestran como románticos metidos a pistoleros en peleas callejeras contra los socialistas. Se reflejan los asesinatos diarios y las revanchas y escaramuzas que ocurrían entre ellos en las calles de la capital desde el triunfo del frente popular.
A pesar de los gags y las situaciones cómicas, la novela transmite pesimismo, la situación española no tiene arreglo. Su final será la guerra civil, las potencias extranjeras (la Unión Soviética, Inglaterra, Alemania) ensayarán en España la próxima guerra mundial. La trama se complica con la aparición de espías y agentes dobles, embajadas, generales, aristocracia, dinero y el cuadro desconocido de Velázquez.
Muy fácil de leer, como nos tiene acostumbrados Eduardo Mendoza. Mucho ritmo y situaciones cambiantes, al final, las cosas no son lo que parecen y las explicaciones más absurdas se entremezclan con los hechos. La comicidad está presente en toda la novela. Recomiendo leerla.
Clara Cagigal Cobo. Departamento de Tecnología

"La caída del Imperio Romano", de A. Goldsworthy

La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente,
Madrid, La Esfera de los Libros, 2009 
Los historiadores se han preguntado, una y otra vez, sobre los motivos de la caída del imperio romano. Algunos incluso la han negado o, por lo menos, minimizado y rebajado sus efectos, aduciendo interpretaciones culturalistas desde la perspectiva de la teoría de la transformación. Así, el mundo romano se habría ido modificando paulatinamente  en un nuevo modelo histórico, desde la denominada Antigüedad tardía a la alta Edad Media y a lo largo de un amplio proceso que mediaría entre los siglos V al VIII d. C. Este tipo de interpretaciones, a modo de proyecciones a largo plazo, tienen la virtud de contemplar la historia en el sentido de un proceso, pero explican mal los cambios o  reducen éstos a la mínima expresión. No ha faltado quién ha indicado que no se trata de responder a la pregunta por qué cayó el Imperio, asunto baladí, sino cómo duró tanto (Roma era ya un ente territorial amplio, con visos de imperio, desde el siglo III a. C. y su vida se prolongará hasta el V de la era cristiana). Y sin sucumbir al embrujo de la tesis “hostilista”, aquella que defendía que Roma habría sido asesinada a traición, o fijarnos sólo en los aspectos de la derrota militar (A. Ferril), que se produjo, la cuestión de la caída del Imperio es algo que, obviamente, se debe limitar a Occidente (pars occidentis), debido en parte a la presión de los bárbaros, a la pérdida de territorios y consiguiente capacidad fiscal, a la propia división del territorio imperial (395 d. C.), y a todo un conjunto de motivos puntuales que la autoridad política del momento no supo solventar, y ello a  pesar de los esfuerzos de Estilicón, una especie de “regente” designado posiblemente en el lecho de muerte (?) por el emperador Teodosio, por lo demás, figura importantísima que suple la minoría de edad del emperador Honorio. El libro de A. Goldsworthy, La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente, obra de un historiador ya consagrado por otros títulos traducidos al español (referidos a las guerras púnicas, al ejército romano, a sus generales) y conocido recientemente también por una biografía sobre César (publicada igualmente en aquella misma editorial), viene a ser una nueva lectura sobre la descomposición (o decadencia) del mundo romano, esta vez desde la perspectiva de sus rivalidades internas (conflictos civiles), haciendo en este aspecto más hincapié que en la presión externa, asunto que destacan, preferentemente, otros investigadores recientes de la talla de P. Heather (2006) o B. Ward-Perkins (2007), cuyas obras  merece la pena leer aunque sólo fuera para compararlas con la que aquí se comenta.
Eduardo Pitillas Salañer. Departamento de Geografía e Historia.

“Cómo salir de la crisis” de Josu Ugarte


Seis propuestas para enfrentar el cambio de sistema productivo desde la internacionalización


Es el primer libro que leo en formato digital. Lo podéis encontrar en “Colección Biblioteca de las Indias”, http://lasindias.org/libro , y leerlo en un par de horas en vuestro ordenador o e-book.La descarga digital es gratuita y si quieres el libro en papel, ya tiene un coste.



Todos hemos visto en los últimos años como se han ido cerrando empresas, como se han ido desmantelando sectores con jubilaciones anticipadas, como hemos pasado de ser país barato y con posibilidades de empleo importantes que atrajo mucha emigración, a un país caro al borde de la quiebra y con un paro inasumible.
El autor señala que no estamos ante una crisis pasajera. Esto irá a peor en los próximos años si las empresas no se dan cuenta de lo que supone la globalización, de lo que supone las nuevas economías emergentes y toman medidas para adaptarse a los nuevos tiempos.
Josu Ugarte, presidente de Mondragón Internacional, da unas propuestas realistas para que las empresas españolas aprovechen las ventajas del nuevo escenario global y se abran a las naciones a las que podemos aportar algo. No actuar con rapidez supondrá la desaparición de la mayor parte del tejido industrial de nuestro país. De lectura obligada para todos los empresarios,emprendedores, políticos y personal interesado en la economía.
Miguel Ángel Magaz Marcos

miércoles, 2 de febrero de 2011

"El barón rampante" de Italo Calvino

Cósimo Piovasco de Rondó, hijo de un barón de Ombrosa (Génova), decide escapar de casa e irse a vivir a los árboles, harto de obedecer a su padre. Cuando se lo explicó a la hija de sus vecinos, los marqueses de Ondariva, se siente obligado a mantener la decisión después de escuchar sus propias palabras. Más adelante, a lo largo de toda la novela, iremos comprobando cómo "no sería él mismo ni para sí ni para los otros" si no fuera capaz de mantenerlas.
Estamos en los años previos a la Revolución Francesa y, entre múltiples personajes que desfilan por los bosques de la costa genovesa, intervienen algunos históricos, como Voltaire o Napoleón, u otros literarios, tomados de novelas de época. El autor, uno de los mejores narradores del siglo XX, es un gran conocedor de la literatura de los ilustrados y, al modo como ellos se preocuparon por el acierto en contribuir al bienestar de los demás, nos propone en múltiples aventuras una ágil y entretenida parábola de la solidaridad, la voluntad, el amor, la lealtad y cuantos otros valores positivos se le suponen al verdadero ciudadano del mundo.
Ha sido una novela de literatura juvenil desde su aparición, a finales de los años cincuenta en Italia, y conserva toda su frescura en estos tiempos de cambio, sobre todo para las palabras y las promesas. En este Año Internacional de los Bosques, por ejemplo, podemos encontrar una defensa apasionada de la naturaleza totalmente vigente. En otro sentido, también, divertidas viñetas, al modo de los cómics, sobre orientales y occidentales, conservadores y progresistas, jóvenes y viejos, ateos y creyentes, militaristas y pacifistas, delincuentes y ciudadanos de orden, enamorados y ??... Un buen mosaico, en fin, con mucho sabor a buena literatura.
Miguel Martínez Renobales

martes, 1 de febrero de 2011

50 Aniversario en el IES Augusto González de Linares

Durante el curso 2009-2010, la Consejería de Educación ha coeditado con la Librería Estudio el libro conmemorativo del 50 Aniversario del IES Augusto González de Linares, en el que se recoge gran cantidad de información sobre la historia de nuestro instituto desde sus orígenes como Escuela de Maestría Industrial y aun desde antes, como Escuela de Aprendices de Santander, ubicada en la calle Sevilla. El amplio registro documental y gráfico de una trayectoria tan dilatada merece la atención no solo de los protagonistas, sino de todos aquellos interesados en conocer la historia de la ciudad, a la que este centro ha proporcionado un gran servicio, especialmente en su época como Instituto Politécnico (1975-1994) con la formación de miles de profesionales. La iniciativa de publicación del libro, la calidad de la edición y el trabajo de los profesores del Equipo de Redacción: Alberto Riva Fernández, Andrés Díaz Delgado y Arantza Iturrioz Pardo, han dado un resultado espléndido. Detenerse en la lectura de sus cuarenta y cinco secciones o en los comentarios de las actividades de los veinticuatro departamentos didácticos es muy aconsejable para conocer mejor "El Linares".
Miguel Martínez Renobales

viernes, 28 de enero de 2011

"La palabra desdeñada", de Andrés Díaz Delgado


Andrés Díaz Delgado, profesor del Departamento de Edificación y Obra Civil de nuestro IES, ha publicado en ediciones Tantín cuarenta y siete artículos acerca de la corrección en el uso del español y en contra de los prevaricadores lingüísticos que maltratan la lengua por "ignorancia, pigricia, esnobismo o anhelo de destacar en el orfeón aunque sea soltando gallos".
De la escuela de García Yebra y en la línea de los canónicos "dardos" de Lázaro Carreter, de Amando de Miguel o Álex Grijelmo, a cuyas ediciones reprocha el no haber incluido la clásica "fe de erratas" por mor de la exactitud,  el autor,  gran conocedor de la norma, deshace entuertos del idioma con los que es fácil tropezar en diferentes puntos de España o, sin salir de casa,  en cualquiera de los medios de comunicación.
Avisa de que él escribe contra "quienes detentan cátedras y voz pública en prensas y ondas", para que atiendan al buen uso del idioma, pues, como le reprocha Don Quijote a Sancho (a quienes, por cierto, conoce muy bien) "gran falta es la que llevan". Los anglicismos, los bailes en el uso de las preposiciones, los problemas "de género", los latinos o hispanoamericanos, el sesquipedalismo de los políticos, etc., entre referencias a Unamuno, Miguel Delibes o García Márquez, entre otros, deleitan al lector interesado en aclararse en medio de la confusión promovida por quienes viven de la palabra.
Miguel Martínez Renobales